A Eduardo, Gustavo y a mí siempre nos vestían iguales, si a los gurises les ponían shorts blancos a mí me ponían pollera tableada del mismo color. Para completar el conjunto nos ponían camisacos, así se decía en esa época, de color azul. Era una prenda bastante masculina que a mí no me hacía sentir muy bien pero…cómo éramos hermanos y a veces nos disciplinábamos, lo aceptaba. Fue un momento en nuestra infancia que todavía vivíamos en la estancia” Las Palmitas”. Eduardo me llevaba un año y yo le llevaba dos a Gustavo. El y yo siempre siempre estabábamos juntos. Se prendía de mi mano o de mi pollera y yo lo llevaba a cualquier lugar. El campo era grande y teníamos a nuestra disposición parte de la peonada que nos cuidaba, además de Mulata, que siempre estaba viendo que no hiciéramos de las nuestras o sea, “que nos portáramos lo mejor posible”. Teníamos un gallinero donde había un solo gallo y muchas gallinas ponedoras. Nunca entrábamos a ese lugar, los huevos los recogía Mulata por la mañana. Esta historia se remonta a mis 4 años y 2 de Gustavo.
Nos encantaba, por lo menos a mí, mirar entre los alambres del gallinero la arquitectura del mismo, me parece que para esos años de la década del 60, era una construcción bastante adelantada. Era una gran cubierta con una forma de mariposa que otorgaba sombra a los plumíferos pero también llevaba, cuando llovía, el agua de la lluvia a un gran balde rectangular de material tipo lata. Me gustaba mucho ese balde, brillaba en los días de cielo con sol abierto. Teníamos absolutamente prohibido ingresar a ese lugar por eso ejercía fascinación sobre mí.
-Beatriz no se te ocurra andar caminando cerca del gallinero y menos llevar a la rastra a Gustavo. Eso decía mamá que conocía perfectamente mis apetencias por la desobediencia. Era como un ejercicio natural en mí. Se desarrollaba sólo.
Pero llegó el día, lo pensé durante semanas, que iba a entrar con Gustavo a ese gallinero, ese territorio iba a ser nuestra próxima aventura. Abrí con fuerza y coraje la manija, que por suerte estaba bastante baja en la puerta del lugar prohibido.
Gustavo que ya caminaba hace tiempo pero no hablaba casi nada me siguió agarrado a mi pollera a cuadros roja azul y blanca, una de mis preferidas. Entramos sigilosamente pero en un momento vi que él se había soltado de mí y yo estaba a unos cuantos pasos separada . Y Ahí lo vi, a él. Un gallo blanco de cresta roja que se dirigía a mi hermanito. Gustavo aterrado lanzó un agudo grito pero de dolor pues el infame gallo, el novio de todas esas “putas gallinas ponedoras”, lo picoteó en la oreja derecha justamente en el lóbulo. Me paré enfurecida, roja de rabia agarré al gallo de las patas y lo revoleé tantas veces como me era posible. Lo único que quería era vengar a mi hermanito. Gritaba mientas giraba y giraba :-A mi hermano no, a mi hermano no .El gallo cayó medio desarmado justo en el filo del balde y aproveché ese momento , agarré a Gustavo y salimos de ahí, de ese lugar horrible. Ahí comprendí la prohibición. Lo que no me di cuenta en el trajinar de la batalla fue que dejé la puerta abierta del lugar y varias gallinas aprovecharon para escapar. Mulata corrió en nuestro auxilio pues la oreja de Gustavo sangraba bastante. La consecuencia fue grave, varios días sin salida y a Gustavo le quedó un tic en donde siempre se acariciaba esa parte de la oreja. Tuvo tan mala suerte que cuando nos fuimos a vivir a la ciudad, en segundo año de escuela un compañero que tenía su mismo nombre, por curiosidad nomás, le cortó apenitas la oreja esa. Ahora que Gustavo ya no vive más acá en el paisito tendría que preguntarle si sigue teniendo ese movimiento de caricia o de protección por ese shock en la infancia de las travesuras locas.