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Edades y Memoria

Cuando hablo con mis amigas de la vejez, nos reímos a carcajadas porque sabemos a qué nos estamos refiriendo. Entendemos que es prácticamente inviable, luego de los sesenta no tener un dolor por día al cual ya estamos acostumbradas y si ese día no está, lo extrañamos. Recuerdo cuando años ha comenté que me iba a jubilar; pusieron “el grito en el cielo”. Estaba absolutamente convencida de lo que iba a hacer y a suceder, preparé mi cabeza, mi cuerpo, mis emociones para esa situación. A modo de defensa decía que jubilación proviene de latín “iubilare” que significa “gritar de alegría”. Tenía un relato ensayado para no entrar en vanas discusiones. Acostumbrada siempre, salvo los últimos cinco años, a tener tres o cuatro trabajos ninguna de mis amigas entendía la situación de quedarme quieta, según ellas. No intento ser autorreferencial pero ¿cómo no serlo a veces? Las edades tienen cumplimiento y como tal fecha de caducidad. Entonces me pongo a pensar como cuestión conservadora, que hubo un tiempo pasado que fue muy bueno y hay momentos que siento que extraño la juventud, pero pasa y enseguida me compongo. Tengo sesenta y seis años, dos nietos amorosos que ayudé en su crianza, una familia agrandada por genética y cariños, un capital enorme en amigos y amigas, compañeros y compañeras y ahí valido el tiempo desde otro lugar. Un lugar bastante completo salvo las vicisitudes cotidianas y los ciclos turbulentos, como éste que atravesamos toditos, en el cual campea la miseria, la indigencia, la no ilustración y algunas barbaries políticas partidarias del gobierno de turno. Esto pasará. Estoy segura. Pero se necesita, además de todas las edades de las gentes y comprensión desde lo colectivo, un manto de esperanza, sosiego y mirada en perspectiva. Porque la historia propia y ajena la hacemos entre todos y todas. Y acá, hoy y ahora no es cuestión de mirar atrás para recordar juventudes sino para tener Memoria y que ésta perdure.

Analía Da Costa Berocay